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En el Nueva York de mediados del turbulento siglo XIX, la familia Savage controla la industria naviera y el comercio con China. Pero cuando el patriarca muere, el negocio pasa a manos de sus dos herederos y su prosperidad peligra. Justin Savage, hijo ilegítimo del magnate, se embarca rumbo a China ignorando que Sylvaner, su maquiavélico hermanastro, ha planeado su asesinato. Justin logra sortear el primer atentado, pero el conflicto ha estallado y ya nada puede detenerlo. Tras una larga reclusión entre piratas, Justin movido por el deseo que todavía despierta en él Samantha, su primer amor, se embarcará en una campaña extenuante. El camino será tortuoso, pero su largo periplo por la China imperial, la Inglaterra victoriana y la Italia de Garibaldi, habrá valido la pena: cuando regrese a Estados Unidos sorprenderá a todos aquellos que lo daban por muerto.La rica galería de personajes que conforma Los pasajeros del viento, épica saga sobre aventuras marinas, amores sentenciados y rivalidad fraternal, corrobora las palabras que en su día empleó Publishers Weekly para descubrir a su autor: 'Stewart es un agudo observador de la condición humana'.'Stewart posee una capacidad extraordinaria para conciliar los hechos históricos con la ficción popular'. The New York Times
Se trata de Ricardo (Dick) Mendoza, también conocido como El Aguilucho, el hijo de un buhonero español que recorría la Huella del Dragón, una peligrosa ruta que partía de Ceylan, atravesaba la península indostánica y la tierra de los Lamas y contorneaba la muralla china; un extraño personaje a quien le son fieles un elefante salvaje, un tigre y un aguilucho. Por su facilidad en disfrazarse de personajes dispares, desde un derviche hasta un rajá, también le apodan «Cienrostros». Incansable conquistador, miente amores en muchas lenguas, es un acróbata saltarín de murallas, lanza puñales precisos en asaltos a harenes y presume de cortar cabezas de reyezuelos y apuñalar tiranos mongólicos.
La colección de El Halcón apareció en 1948, publicada con el pseudónimo de Arnaldo Visconti, de la que se editaron un total de 14 novelas. A pesar de que en un principio, en las contraportadas de los primeros números de esta colección, y también en las de las coetáneas de 'El Pirata Negro' -v.gr., números 49, 50, 51...- se anunciaron 15 títulos, la colección propiamente dicha de este personaje constaba de 10 números en formato “pulp” (21x15 cm.), publicadas de marzo a julio de 1948, aproximadamente. Posteriormente, en 1952, aparecieron otras 4 publicadas dentro otra colección, la 'Colección IRIS' (números 3, 7, 11 y 15), cuya acción es continuación de las diez anteriores. Las portadas de todas ellas corrieron a cargo de la mano de Provensal, ilustrador habitual de Bruguera en este tipo de colecciones en aquellos años.En este caso, Debrigode nos relataba los avatares de Rock Gambler -literalmente, jugador de piedra- (alias “Dandy Pólvora”), un aventurero al que le gusta el póker y el boxeo –al igual que a Debrigode- en los albores de la Guerra de Secesión norteamericana; no tomaba partido ni por el Norte ni por Sur, sino que nadaba entre dos aguas, tratando de sacar el máximo partido de la revuelta situación, traficando con armas que vendía a quien mejor se las pagara, siendo el escenario por el que se movía, como es lógico, la costa este de Estados Unidos. Ello no fue óbice para que Debrigode nos deleitara con el germen del 'ku-kux-klan', o con buenas aventuras de 'indios contra vaqueros'.Como anécdota curiosa, diré que en esta serie Debrigode dotó a varios de sus personajes de nombres sacados directamente de la industria cinematográfica; y así, nos encontramos con John Wayne, Broderick Crawford, Rita Hayward, Humphrey Beaugard –a los dos últimos les cambió la grafía del apellido, pero fonéticamente suena igual-,... Asimismo, en algunas de las portadas de las novelas el personaje de “El Halcón” aparece dibujado con un gran parecido a Clark Gable, en especial la nº 9, 'La venus de ébano'.
Fred Saberhagen nos relata los grandes hitos de la novela “Drácula”, pero desde la perspectiva del mismo vampiro. En el presente, los nietos del matrimonio Harker descubren una grabación en su automóvil dejada por nuestro conocido conde (el título original es “The Dracula Tape”) donde describe paso a paso todos los hechos que envolvieron su periplo por Inglaterra, desde el trayecto de Jonathan Harker a sus dominios en Transilvania, su viaje por mar en el Demeter, su estancia en el Londres victoriano y la lucha incansable que sostuvo con el doctor Van Helsing y sus séquitos.La idea era buena, no lo dudo, pero al leer nos encontramos con otro Drácula, uno que encuentra justificación para todo, hasta para lo injustificable. Olvídense de aquel otrora ser diabólico, maquiavélico y despiadado, Saberhagen transforma al personaje en un tipo simpático y amable, que le faltaba poco para andar pregonando el lema de la revolución de las flores “Paz y Amor” (y obvio aquí Van Helsing y compañía son la encarnación de la ineptitud humana). No es que sea una mala novela, tiene sus buenos momentos como algunos episodios inéditos (en teoría) de la obra de Stoker, pero esa vuelta de tuerca en la supuesta personalidad del personaje es por lo menos extraña.
La colección de El Halcón apareció en 1948, publicada con el pseudónimo de Arnaldo Visconti, de la que se editaron un total de 14 novelas. A pesar de que en un principio, en las contraportadas de los primeros números de esta colección, y también en las de las coetáneas de 'El Pirata Negro' -v.gr., números 49, 50, 51...- se anunciaron 15 títulos, la colección propiamente dicha de este personaje constaba de 10 números en formato “pulp” (21x15 cm.), publicadas de marzo a julio de 1948, aproximadamente. Posteriormente, en 1952, aparecieron otras 4 publicadas dentro otra colección, la 'Colección IRIS' (números 3, 7, 11 y 15), cuya acción es continuación de las diez anteriores. Las portadas de todas ellas corrieron a cargo de la mano de Provensal, ilustrador habitual de Bruguera en este tipo de colecciones en aquellos años.En este caso, Debrigode nos relataba los avatares de Rock Gambler -literalmente, jugador de piedra- (alias “Dandy Pólvora”), un aventurero al que le gusta el póker y el boxeo –al igual que a Debrigode- en los albores de la Guerra de Secesión norteamericana; no tomaba partido ni por el Norte ni por Sur, sino que nadaba entre dos aguas, tratando de sacar el máximo partido de la revuelta situación, traficando con armas que vendía a quien mejor se las pagara, siendo el escenario por el que se movía, como es lógico, la costa este de Estados Unidos. Ello no fue óbice para que Debrigode nos deleitara con el germen del 'ku-kux-klan', o con buenas aventuras de 'indios contra vaqueros'.Como anécdota curiosa, diré que en esta serie Debrigode dotó a varios de sus personajes de nombres sacados directamente de la industria cinematográfica; y así, nos encontramos con John Wayne, Broderick Crawford, Rita Hayward, Humphrey Beaugard –a los dos últimos les cambió la grafía del apellido, pero fonéticamente suena igual-,... Asimismo, en algunas de las portadas de las novelas el personaje de “El Halcón” aparece dibujado con un gran parecido a Clark Gable, en especial la nº 9, 'La venus de ébano'.
La figura del aristocrático afrancesado Diego de Ferblanc, suscita hostilidades, pero las lenguas que sus espaldas murmuran, enmudecen ante la presencia del impasible cordobés que, con exquisita cortesía, más hiriente que la insolencia, va cimentando su nombre, de temible espadachín. La duquesa y el bandolero es un episodio lleno de vida y de realidad histórica, en la que vemos como los círculos franceses acogen cordialmente a Diego de Ferblanc, sin sospechar la doble personalidad. La duquesa y el bandolero son los dos personajes principales de la conspiración, que, con sus inteligentes maquinaciones componen una de las más interesantes aventuras de Diego Montes.
Una emotiva novela sobre la amistad, la vida y las segundas oportunidadesDa igual la suerte que tengas, lo importante es lo que haces con lo que te ha tocado vivir.Scott es un joven sin trabajo que cree haber fracasado en todo. Con la autoestima por los suelos, a sus 27 años ya considera que ha desperdiciado su vida. No tie ne una carrera, los trabajos no le duran y su novia le ha pedido espacio. Cuando su tio le consigue un pequeño sueldo por cuidar del viejo Horace, un anciano enigmatico y huraño, a Scott le parece simplemente otra desgracia mas@Sin embargo todo empieza a cambiar cuando Horace, para asombro de Scott, le pide que jueguen a la Oca; poco a poco ira descubriendo que el anciano utiliza las casillas del tablero para explicarle las claves del arte de vivir y ayudarle reparar los errores que le han conducido al fracaso. Pero comprender las reglas del juego no lo es todo. Ademas de conocer las trampas y peligros, los laberintos y atajos, Scott va a necesitar el valor de avanzar por el tablero de la vida con coraje y sentido de la aventura.
La figura del aristocrático afrancesado Diego de Ferblanc, suscita hostilidades, pero las lenguas que sus espaldas murmuran, enmudecen ante la presencia del impasible cordobés que, con exquisita cortesía, más hiriente que la insolencia, va cimentando su nombre, de temible espadachín. La duquesa y el bandolero es un episodio lleno de vida y de realidad histórica, en la que vemos como los círculos franceses acogen cordialmente a Diego de Ferblanc, sin sospechar la doble personalidad. La duquesa y el bandolero son los dos personajes principales de la conspiración, que, con sus inteligentes maquinaciones componen una de las más interesantes aventuras de Diego Montes.
Debrigode nos relataba los avatares de Rock Gambler -literalmente, jugador de piedra- (alias «Dandy Pólvora»), un aventurero al que le gusta el póker y el boxeo –al igual que a Debrigode- en los albores de la Guerra de Secesión norteamericana; no tomaba partido ni por el Norte ni por Sur, sino que nadaba entre dos aguas, tratando de sacar el máximo partido de la revuelta situación, traficando con armas que vendía a quien mejor se las pagara, siendo el escenario por el que se movía, como es lógico, la costa este de Estados Unidos. Ello no fue óbice para que Debrigode nos deleitara con el germen del «Ku-kux-klan», o con buenas aventuras de «indios contra vaqueros».
En los últimos tiempos están apareciendo unos objetos y máquinas que casi sin hacer ruido, amenazan con cambiar la estructura económica de EE. UU.: primero fueron las bombillas que no se funden nunca, luego la cuchilla de afeitar que no hay que cambiar jamás... el colmo viene cuando aparece el Coche Eterno. La misión que le encomiendan a Jay Vickers, un oscuro autor, es conseguir, a través de su certera e influyente escritura, que el público rechace esos productos. Pero detrás de estos objetos imperecederos hay mucho más de lo que en principio parece.
Debrigode nos relataba los avatares de Rock Gambler -literalmente, jugador de piedra- (alias «Dandy Pólvora»), un aventurero al que le gusta el póker y el boxeo –al igual que a Debrigode- en los albores de la Guerra de Secesión norteamericana; no tomaba partido ni por el Norte ni por Sur, sino que nadaba entre dos aguas, tratando de sacar el máximo partido de la revuelta situación, traficando con armas que vendía a quien mejor se las pagara, siendo el escenario por el que se movía, como es lógico, la costa este de Estados Unidos. Ello no fue óbice para que Debrigode nos deleitara con el germen del «Ku-kux-klan», o con buenas aventuras de «indios contra vaqueros».
Parker Graves, periodista, llega una noche a su casa para descubrir que ante su puerta se ha dispuesto una trampa. Para horror suyo, esta trampa se convierte en una bola, de esas de bolera, y huye. Muy pronto, toda la ciudad se transforma en el escenario de extraños sucesos -los edificios son comprados por sumas fabulosas, no se renuevan las licencias de arrendamiento, los negocios establecidos son cerrados, y nadie encuentra un lugar donde poder vivir.
Es la historia de una expiación: la de un pirata con arrebatos patrióticos.
Era en 1524 y las armaduras cubrían intrépidos corazones españoles, acaudillados, por Hernando de Soto. Pero España no se detenía en su ímpetu descubridor y el delta del Mississippi volvió a ser propiedad única de cocodrilos y grandes tortugas, nubes de brillantes garzas, negros cuervos, gaviotas y culebras de mar, hasta que un siglo después, un explorador francés, Robert Cavelier, «sieur» de La Salle, plantó el estandarte con la flor de lis en la desembocadura del Mississippi y, en honor a Luis XIV, bautizó Luisiana, aquella vasta extensión salvaje.
Es la historia de una expiación: la de un pirata con arrebatos patrióticos.
Era en 1524 y las armaduras cubrían intrépidos corazones españoles, acaudillados, por Hernando de Soto. Pero España no se detenía en su ímpetu descubridor y el delta del Mississippi volvió a ser propiedad única de cocodrilos y grandes tortugas, nubes de brillantes garzas, negros cuervos, gaviotas y culebras de mar, hasta que un siglo después, un explorador francés, Robert Cavelier, «sieur» de La Salle, plantó el estandarte con la flor de lis en la desembocadura del Mississippi y, en honor a Luis XIV, bautizó Luisiana, aquella vasta extensión salvaje.
El Hombre creía haber hallado la inmortalidad. La Ciencia así lo afirmaba; sólo era necesario situarse en el Tiempo y el Espacio precisos. Pero la realidad se impuso : Dejad que los hombres puedan morir y exista la esperanza de una vida sobrenatural.
Se trata de Ricardo (Dick) Mendoza, también conocido como El Aguilucho, el hijo de un buhonero español que recorría la Huella del Dragón, una peligrosa ruta que partía de Ceylán, atravesaba la península indostánica y la tierra de los Lamas y contorneaba la muralla china; un extraño personaje a quien le son fieles un elefante salvaje, un tigre y un aguilucho. Por su facilidad en disfrazarse de personajes dispares, desde un derviche hasta un rajá, también le apodan «Cienrostros». Incansable conquistador, miente amores en muchas lenguas, es un acróbata saltarín de murallas, lanza puñales precisos en asaltos a harenes y presume de cortar cabezas de reyezuelos y apuñalar tiranos mongólicos.
Se trata de Ricardo (Dick) Mendoza, también conocido como El Aguilucho, el hijo de un buhonero español que recorría la Huella del Dragón, una peligrosa ruta que partía de Ceylán, atravesaba la península indostánica y la tierra de los Lamas y contorneaba la muralla china; un extraño personaje a quien le son fieles un elefante salvaje, un tigre y un aguilucho. Por su facilidad en disfrazarse de personajes dispares, desde un derviche hasta un rajá, también le apodan «Cienrostros». Incansable conquistador, miente amores en muchas lenguas, es un acróbata saltarín de murallas, lanza puñales precisos en asaltos a harenes y presume de cortar cabezas de reyezuelos y apuñalar tiranos mongólicos.
Es una revisión de Los Tres Mosqueteros, con un D’Artagnan femenino de incógnito, tan astuto como el de la Gascuña que le sirvió de modelo, y un malhechor con debilidades donjuanescas que se arrepiente en el instante propicio.
Cuando Horton despierta de su sueño criogénico, el cyborg que gobierna su nave la ha hecho aterrizar en un planeta desconocido que debe explorar ayudado por el robot Nicomedes. Al visitar el planeta, encontrará a un ser sorprendente, llegado a través de un extraño túnel teleportador construido por seres desconocidos, y se enterará de la vida de alguien llamado Shakespeare, habitante del planeta que ha realizado anotaciones misteriosas en un libro, y finalmente le ha pedido que comiera su carne, y conservara su esqueleto...
Es una revisión de Los Tres Mosqueteros, con un D’Artagnan femenino de incógnito, tan astuto como el de la Gascuña que le sirvió de modelo, y un malhechor con debilidades donjuanescas que se arrepiente en el instante propicio.
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